
Si hay una forma artística que no ha recibido la atención que otras reciben - limitadamente es cierto pero reciben- en esta ciudad de Trujillo- esa es la arquitectura. Pese a su trascendencia como proceso que lleva a configurar en la mente de los ciudadanos una determinada idiosincrasia y características especiales, la arquitectura no es considerada en la ciudad en su auténtico valor como un arte y como símbolo de la vida y de la impronta cultural del grupo humano.
En muchos y lamentables casos, las autoridades deciden espacios arquitectónicos que los ciudadanos no esperan ni desean. La ciudadanía es sorprendida por la destrucción de espacios –como sucedió con el óvalo Larco- y la construcción de formas absurdas y de mal gusto. En este crecimiento urbanístico de Trujillo, quienes hemos vivido aquí desde mediados del siglo pasado, podemos sentir la paulatina pérdida de singularidad que la caracterizaba. Podría decirse que el alma de la ciudad ya es otra.
El gran esfuerzo realizado desde las décadas del 70 y 80 por recuperar la identidad ciudadana parece un intento que va pasando al olvido. La arquitectura como arte en la ciudad, deviene en una ilusión pues nunca se desarrolló en ella una cultura de la comprensión del espacio. Una cultura que comprenda la importancia de la arquitectura.
Quizás esto no fue siempre así. Tal vez existió una especie de intuición en las autoridades y la clase media trujillana de las décadas de 1960 y de 1970 que se arriesgó a lo contemporáneo, construyéndose edificios y casas que hoy son pauta de elegancia formal y visual. Edificaciones que, con el tiempo, lograron establecer una especie de identidad visual y prestancia. Sin embargo, también van desapareciendo ante el auge urbanístico que determina que Trujillo se convierta, sin más, en una ciudad parecida a todas las demás. Hubo un ideal de ciudad alguna vez aquí. Pudo llegar a ser y no fue.
La falta de una cultura arquitectónica en Trujillo es una carencia que debe ser tomada en cuenta. Y es que no se puede tener la idea de ciudad solo como una aglomeración de espacios incoherentes para la organización de la vida y del trabajo, de la existencia del grupo. El concepto de ciudad va más allá. Constituye la manifestación máxima de las pautas, premisas y valores de una cultura. Y así se puede afirmar que, como hecho cultural, una ciudad es también y ante todo una expresión del espíritu.
En principio, la arquitectura es un proceso de creación espacial de metáforas estéticas de la organización social, realizadas con un objeto de uso y significación para la vida individual y la del grupo Y ese es el problema. Los valores del mundo actual –sean la masificación, la relativización, el énfasis tecnológico y la voluntad pragmática en toda acción- han tomado por asalto a la ciudad y la han transformado. El caos visual, la heterogeneidad como norma, el comercialismo avasallador, se han finalmente impuesto.
Poco a poco, parece aceptarse la proposición de que el desarrollo y el crecimiento económico exigen una ciudad diferente y por lo tanto no debemos preocuparnos por lo que alguna vez fue. Sin embargo ¿es ineludible esta posición forjada de un pragmatismo absoluto para quien el pasado ya no tiene una razón de ser y al cual, en todo caso, se debe tolerar?
Esta afirmación no es posible de aceptar. Los grupos humanos solo pueden vivir y fortalecerse como tales y recrearse como posibilidades en tanto se respeten los valores del ayer. Y sobre todo el pasado manifestado a través de su organización arquitectónica.
El pasado arquitectónico de Trujillo es singular y hermoso y otorga a la ciudad una cualidad especial y única. Tanto en las formas coloniales y republicanas neoclásicas como en algunas edificaciones que en su tiempo fueron imagen de lo contemporáneo en los años 60 y 70. Casas que hoy parecen esconderse entre el protagonismo soberbio del momento comercial que se experimenta. El Trujillo actual presenta una heterogeneidad visual, incoherente, ilógica e injusta. ¿Qué imagen de ciudad tendrán los ciudadanos trujillanos del futuro? Por el momento, solamente se siente la imagen del desorden y del caos.
La falta de una cultura arquitectónica no se da solo en los ciudadanos comunes sino en muchos intelectuales. Y sin orientación precisa, caminamos sin rumbo, por caminos prestados, sin llegar a conocernos ni a valorarnos. ¿Logrará la arquitectura de este presente y del porvenir en la ciudad y el país proponer espacios y volúmenes que se relacionen con los propios ideales del grupo o seguiremos copiando las formas de la globalización y sin comprender que esta es un medio para luchar hacia nuestra identidad? Esto se producirá si no se inicia desde ya un proceso de educación sobre el valor del espacio arquitectónico, como formación de vida e integración humana.
¿Cuál es la labor que al respecto desarrollan las facultades de arquitectura de la ciudad o bien el colegio de arquitectos? O tal vez nunca son tomados en cuenta. Es evidente, a todas luces, que las autoridades necesitan de un asesoramiento específico, Nunca como hoy se requiere volver a educar a la comunidad sobre la trascendencia cívica de mirar con respeto y orgullo el especial contexto arquitectónico de la ciudad. El proceso arquitectónico y desarrollo urbano en Trujillo enfrenta contradicciones sumamente difíciles de superar. Habría que analizar si se trata de un verdadero desarrollo.
Estas líneas no reclaman un retorno al pasado sino ordenar, cuidar y aprender a valorar y mantener como testimonios de la memoria colectiva, aquello que aún mantiene su belleza puesto que son parte de nuestra historia y, por tanto, una pauta para entender quiénes somos y podremos ser. El arquitecto debería plantearse que una ciudad como ser histórico sea capaz de conservar el espíritu –dentro de la necesaria contemporaneidad- así como el ideal de integración cívica. ¿No es acaso una de sus primordiales funciones imaginar las posibilidades de cambio y organización de la vida pero comprendiendo la espiritualidad del mundo donde vive?
Un nuevo y difícil proceso de educación cívica, a los ciudadanos y a los intelectuales, queda pues propuesto. La educación por el respeto a lo que significa espacio arquitectónico y su trascendencia como proyección de vida y de futuro es un proceso crucial que debe iniciarse de modo perentorio.
ALFREDO ALEGRÍA ALEGRÍA
Ciertamente hay una carencia de identidad en las sociedades modernas, principalmente en aquellas (como la nuestra) que viven dependiendo de las grandes economias mundiales (haciendo algunas excepciones creo), esto hace que tomemos como propio aquello que funciona en otros lados, sin considerar obviamente que somos diferentes al igual que nuestras necesidades, pero ese no es problema de las arquitectura local, según veo, este se divide en 2 partes, la primera que tiene que ver con la arquitectura que fue y la que será, y el otro problema radica en la falta de criterios para defender la primera y proponerla la última. Esto de los criterios quiza este ligado a la cultura y la capacidad intelectual, pero mi criterio dice que va más alla, va a una cuestion no de identidad si no de negación, la identidad aqui más que en otros lados existe, pero es negada por capricho o coyuntura por la "globalización", en fin cuestion de reflexionar y decidir. Nadie dice que lo de fuera sea bueno, pero se tiene que aprender de ello no copiarlo, ya que como dije las caracteristicas y necesidades son distintas en cada sitio. José Salazar Echevarria
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